EL CUERPO OCULTO
Autobiografía de la
corporalidad y movimiento en la educación artística escolar desde una visión
del desarrollo humano.
Este ensayo busca reflexionar
sobre el lugar que tuvo la corporalidad, el movimiento y la expresión artística
en la educación de un individuo en los finales de la década de los ochentas y
durante casi toda la década de los noventas. Ese individuo soy yo, Davys
Lorenzo Sánchez Ccorahua, y gracias a
este ejercicio realizado en primera persona, busco entender esta etapa de mi
desarrollo humano a través del enfoque del modelo ecológico de Bronfenbrenner y
el ciclo vital de Paul Baltes, para
tomar consciencia de mi presente y por qué no, tomar decisiones para mi futuro.
En este primer recorrido busco
entender el proceso de mi vida que me llevó a dedicarme a lo que actualmente
hago y que siento como vocación: la pedagogía a través del arte del movimiento.
Quiero indagar en cómo ciertos conceptos de los modelos teóricos de desarrollo
humano de Bronferbrenner y Baltes, encuentran eco en los eventos de mi vida, desde
mi niñez hasta mi juventud. Entre estos conceptos, resalto: la interinfluencia entre individuo y entorno a
través de los diversos sistemas o
actores del medio ambiente; el desarrollo como proceso biológico, cognitivo y
socioemocional que se da a lo largo de toda la vida; y la relación entre
cultura, cuerpo e individuo, como un tejido de proceso de vida que se entiende
desde lo multidimensional y multidireccional, en donde los factores de cambio,
plasticidad, crecimiento, perdida, ganancia y compensación, obtienen mucha
relevancia.
Yo-individuo.
Mi nombre es Davys Lorenzo Sánchez
Ccorahua, soy educador a través del movimiento corporal. Mi formación se inicia
en las artes escénicas (teatro y danza contemporánea) y se va enriqueciendo con
otras disciplinas de movimiento, relacionadas al autoconocimiento y el
bienestar corporal (educación somática). Actualmente enseño en una institución
pública de formación artística y en proyectos privados de educación y bienestar
socioemocional. Busco aprender enfoques de pensamiento, teorías, métodos y
técnicas y otros saberes, para tener un diálogo más amable con mi cuerpo y
buscar un equilibrio dinámico en mi salud
física y emocional. Me he dedicado a enseñar más que a bailar en
escenarios. A mis 38 años de vida, siento que la pedagogía será el camino principal de mi ciclo de
vital, y que voy a seguir buscando aprender a lo largo de toda mi vida.
Mi microsistema
Desde que nací, he vivido en el
distrito de Comas (Lima Norte), en casa de mis padres; ellos son adultos
mayores, migraron del departamento de Apurímac a Lima hace más de cincuenta
años. Tengo dos hermanos y una hermana que ya no viven con nosotros, pues
tienen sus respectivas familias. Mi padre es jubilado pensionista, toda su vida
laboral estuvo ligada al sector hotelero, su educación formal llegó hasta el
nivel secundario; mi madre es empleada doméstica desde que llegó a Lima y no
pudo terminar la educación primaria. Soy el único hijo de la familia que tiene
educación superior y universitaria. Mis hermanos varones son microempresarios y mi hermana, actualmente al igual que mi
madre, también es empleada del hogar.
Mis recuerdos de la niñez y
adolescencia están enmarcados por la escasez de alimentos en el gobierno de
Alan García, el fujishock, la tecnocumbia,
el terrorismo, los diarios chicha,
los talk shows de la televisión “basura” y “la honradez, tecnología y trabajo” del gobierno de Alberto
Fujimori.
Mi primer acercamiento social y
organizado a la actividad artística fue a la edad aproximada de 10 años en un proyecto de teatro comunitario que se realizó
gratuitamente en mi barrio durante un verano. Mis padres me dieron permiso para participar en el taller, pero no tuvieron
el tiempo para acompañarme en mi proceso, ni el conocimiento de los beneficios del arte en mi desarrollo, para motivarme a continuar en estos espacios
de educación alternativa. Las energías para hacerme algún acompañamiento, las invertían
en mi educación escolar. Lamentablemente, el taller de arte comunitario no tuvo
continuidad; en toda mi educación primaria y secundaria, no recuerdo alguna
experiencia de corporalidad y arte tan intensa y emocionante como la que sentí
en este breve taller.
Estudié la secundaria en un
colegio estatal de mi barrio. Nunca hubo un espacio dedicado visiblemente a las artes
escénicas (ni danza, ni teatro). Sólo recuerdo haber representado con mucha
emoción y empeño, una escena de la novela Crimen y Castigo, del escritor Fiódor Dostoievski, en
el curso de Literatura Universal, en quinto de secundaria. El lugar visible y oficial para el cuerpo y el
movimiento, era el curso de Educación Física, con actividades básicas y
repetitivas de calistenia, resistencia física, y dominado por el futbol para
hombres y vóley para mujeres. No
obstante, recuerdo haber disfrutado una breve experiencia de saltar sobre
taburetes en un bimestre dedicado a la gimnasia.
Casi al terminar el quinto grado
de secundaria, conocí a un alumno de otro salón que hacia teatro, obviamente en
un taller fuera del colegio. Mis conversaciones con él fueron breves pero
despertaron en mí, una inquietud por saber más del teatro.
Debido a mi buen historial académico
escolar y ganar todos los años el “primer puesto en aprovechamiento y
conducta”; mis padres, hermanos, profesores, y yo, sabíamos que mi camino era
postular a la universidad. Hice un test de orientación vocacional que me
indicaba una afinidad a las carreras de Educación o Comunicaciones. Luego de
más de un año de preparación en una academia preuniversitaria, ingresé a la carrera
de Comunicación Social en una universidad pública.
En mi vida universitaria, volví a
encontrarme con el teatro; luego apareció la danza contemporánea, ambos como
procesos formativos en paralelo a mis estudios universitarios. Luego de
terminar la carrera, trabajé algunos años en el área de producción audiovisual,
mientras seguía estudiando danza
contemporánea; me animé a realizar mis
primeros intentos como profesor de danza y expresión corporal, hasta que decidí
dedicarme completamente a la práctica de la danza contemporánea y a la
pedagogía a través del movimiento.
A través del modelo ecológico de Bronfenbrenner y algunos aportes del ciclo vital de Baltes,
me gustaría repensar la historia de mi desarrollo personal, reconociendo los
distintos actores y sistemas de mi medio ambiente, así como la interacción
entre ellos; para entender cómo fue el camino de la corporalidad, el movimiento
y el arte en esta etapa de mi ciclo de
vida.
Este período de mi vida estuvo
determinado en mayor grado por la escuela y mi familia, espacios de mi microsistema
en donde la corporalidad, el movimiento y el arte no tenían visibilidad. Mis
padres, que migraron en su adolescencia a la capital, tal vez no tenían la
experiencia de vida o la seguridad para transmitirme su cultura a través de sus
danzas. No recuerdo haber realizado actividades relacionadas a la práctica y
difusión de las danzas folklóricas en la escuela. La danza como herramienta
educativa nunca existió en mi vida escolar. Esta interacción meso sistémica (Brofenbrenner, 1987) entre familia y escuela
no era favorable para promover la corporalidad y el arte; más bien, fue en la
interacción entre mi vecindario y mis pares, donde encontré la oportunidad para
acercarme a mi cuerpo y mi expresión.
¿Por qué no pude seguir
descubriendo mi identidad a través del cuerpo y el movimiento en estos espacios
alternativos de arte? En este punto, pienso cómo influyeron los factores históricos,
económicos, sociales, culturales en mi desarrollo vital a través de las
normativas impuestas en mi vida escolar (Dulcey y Uribe, 2002). Según estas
normativas, mi aprendizaje estaba circunscrito oficialmente a mi educación en
la escuela, todo lo pudiera aprender fuera de ella no tenía el reconocimiento
social suficiente, condición reforzada por el hecho de que mi familia no tenía
la visión necesaria para reconocer la validez de otros aprendizajes
alternativos.
Por otro lado, desde una mirada a
factores indirectos del exosistema del
modelo ecológico, (Brofenbrenner, 1987), puedo entender que las exigencias
laborales de mis padres les impedían tener tiempo y fuerzas para estar más
cerca de mis vivencias y necesidades formativas. Si hablamos de la política
educativa de ese tiempo, puedo recordar que el énfasis del gobierno de Alberto
Fujimori era priorizar la implementación de infraestructura y tecnología en la
construcción masiva de colegios, muchos de los cuales terminaron siendo
“elefantes blancos” que se desmoronaban al poco tiempo de inaugurados. La
educación artística nunca fue una prioridad para el Estado, ni en el gobierno
aprista ni en el de Fujimori, y por eso existían iniciativas ciudadanas para
resistir esta indiferencia, como las que organizaron los jóvenes artistas que
hicieron aquel taller de arte comunitario en mi vecindario. Pero también
sospecho que ellos no pudieron tener un trabajo continuo en la comunidad debido
a la crisis económica, el temor a ser considerados revoltosos políticos o el
crecimiento del individualismo en una etapa histórica dominada por la sociedad
de consumo, el neoliberalismo, la violencia política, la vulgarización de la
cultura y otros factores del macrosistema
del modelo ecológico (Brofenbrenner, 1987) que incidieron en las decisiones que
tomaron mis padres y los jóvenes artistas, las que a su vez influyeron en mi
vida.
Este contexto poco favorecedor
para el cuerpo y la expresión artística,
hizo que el vivenciar esta experiencia de arte en mi comunidad fuera,
paradójicamente, un evento singular en mi vida que escapa a las normas y
constituyo un hito, tal como lo menciona Baltes (Dulcey y Uribe, 2002), que marcó mi vida y
que encontró eco más tarde en mi educación universitaria y en mi vida actual.
Siguiendo a Baltes, me gustaría
reflexionar en mi desarrollo a través del cuerpo y movimiento como una
construcción donde mi biología, cultura e individualidad se influenciaron unas
a otras. (Dulcey y Uribe, 2002).
Pienso que la cultura influyó en
mi cuerpo de forma atrofiante. Tuve
que esforzarme mucho en mis inicios en el teatro físico y la danza
contemporánea para tratar de compensar físicamente las habilidades motoras que
nunca trabaje en mi vida escolar. En el plano individual, siento que la cultura
escolar nunca valoró el cuerpo como medio de expresión y comunicación, todo
esto recién lo redescubrí en mi época universitaria.
Mi cuerpo influyó en mi
individualidad al reconocer que tenía habilidades incipientes de agilidad y
cierta plasticidad en mis movimientos; cualidades que descubrí en una breve
experiencia de gimnasia en la secundaria, en un bimestre del curso de Educación
Física. El disfrutar esta experiencia me hizo pensar que había otras opciones
de actividad física además del fútbol. Me hubiera encantado que la gimnasia continúe
o se hubiera hecho más popular en mi colegio, tal vez así hubiera podido
destacar para tener algún impacto en la cultura escolar de mi centro educativo.
Al igual que mi cuerpo, mi
individualidad no tuvo la capacidad necesaria para influir en la cultura
escolar de mi colegio en el ámbito del cuerpo y el movimiento; ciertamente yo
fui uno de los alumnos más destacados a nivel académico, pero no encontré el
espacio donde desarrollar mis otros intereses, ni las herramientas para
influenciar ni motivar a mis pares.
Me pregunto ¿Cómo me movía, cómo
me expresaba con mi cuerpo en la escuela? Creo que la mayoría del tiempo en la
escuela, me preocupaba en proteger mi cuerpo, mis ideas y deseos ante el acoso
escolar siempre presente en el colegio. Llevaba mi necesidad expresiva a experiencias
personales en la intimidad de mi habitación. Sólo recuerdo la representación de
la escena de la novela rusa en el curso de Literatura o el saltar taburetes en Educación
Física, como experiencias expresivas y emocionales motivadoras a través del
cuerpo.
Veinte años después, me encuentro
en una situación opuesta a mi rol de escolar; soy docente en una institución
que forma educadores a través del arte y tengo la posibilidad de influir como
agente en los microsistemas de mis estudiantes.
A la vez, sigo buscando espacios de formación porque soy consciente que el desarrollo y la capacidad de cambio y
aprendizaje se dan durante toda la vida, como propone Baltes y que mi vida
personal y profesional sigue interactuando con el medio ambiente, con toda la
complejidad de sus esquemas y actores. Queda pendiente una mirada de mi presente
a través de estos modelos teóricos que proponen Baltes y Brofenbrenner.
BIBLIOGRAFíA
Bronfenbrenner, U. (1987). La ecología
del desarrollo humano. Paidós.
Dulcey, E. y Uribe, V. (2002). Psicología
del ciclo vital: hacia una visión comprehensiva de la vida humana: Revista
Latinoamericana de Psicología, 24 (1-2), 17-27.


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